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domingo, 2 de diciembre de 2012

VISEU

Justo en el centro de Portugal, alzándose sobre una fresca meseta rodeada de serranías y por los ríos, el Vouga y el Dão (en cuyas laderas nace el excelente vino del Dão), es donde fuimos encontrar esta bella e histórica ciudad. La meseta está coronada por la imponente Catedral, pero en la época de la ocupación de Roma la población se diseminaba por la zona más baja, donde se sitúa la Caba de Viriato y el Parque del Fontelo. Subimos hasta aquí por la calzada romana. En el siglo VI, Viseu era ciudad episcopal del reino suevo. Consta que el último de los reyes godos, D. Rodrigo, murió aquí y sus cenizas están guardadas en una modesta tumba de granito, en el interior de la iglesia de S. Miguel de Fetal. Donde no pudimos ir, era tarde y estaba cerrado.
En el agitado período de la Reconquista, Viseu tanto estuvo bajo dominio de los musulmanes como de los cristianos, pero en 1058, Fernando Magno, de León, la reconquistó definitivamente para la Cruz. La madre de D. Afonso Henriques, D. Teresa, le concedió el primer fuero en 1123, que su hijo confirmaría en 1187, ya como primer rey de Portugal. En 1383, muerto el rey D. Fernando I y originada la crisis dinástica, Viseu fue saqueada por los ejércitos castellanos. El rey D. João I ordenó la construcción de nuevos muros de defensa que no fueron concluidos hasta 1472 por su nieto D. Afonso V. De esta muralla "afonsina" quedan algunos fragmentos integrados en la red urbana y dos puertas, la del Soar y la de los Caballeros: por donde pasamos andando hacía la Catedral.
Situada en el centro de una región de pastos de montaña, con intenso movimiento de rebaños trashumantes, en Viseu era donde se realizaba la gran feria anual de ganado, origen de la feria de S. Mateus, uno de los grandes eventos que anima la ciudad todos los años entre agosto y septiembre.
A partir del s. XVI la colina donde se encuentra la Catedral, se convirtió en el centro de desarrollo del burgo. Este siglo testimonió el florecimiento de una notable cultura artística que tuvo su auge en la figura de Vasco Fernandes (Grão Vasco), cuya obra ejemplar se conserva en el Museo Grão Vasco: el palacio al lado de la Sé que no pudimos visitar por estar cerrado. Como os he dicho las visitas a los sitios públicos cierran a las 17h, salvo algunas excepciones, pocas.
El encanto de Viseu se refleja en la atmósfera medieval de sus calles, en los palacios que pertenecieron a la nobleza y a los señores de la Iglesia, engrandecidos por la nobleza del granito, en las plazas y frondosos jardines: es el patrimonio de muchas épocas.
Viseu recibió en 1993 el premio Quercus por su incomparable preservación de los espacios verdes.

martes, 16 de octubre de 2012

AMARANTE




 No se sabe a ciencia cierta cuáles son los orígenes de Amarante. Se dice que la fundó un centurión romano de nombre Amarantus. Lo que es seguro es que en el siglo XIII pasó por aquí, llegado desde Jerusalén, un monje con fama de santo, S. Gonçalo. Se convirtió en el patrono de la ciudad.


Visitamos la iglesia y el convento de S. Gonzalo, un conjunto arquitectónico imponente, que visto del otro margen del río impresiona. Allí reposa el patrono de la ciudad y santo casamentero.


Empezó a llover y nos metimos en un Museo que lleva el nombre de uno de los hijos ilustres de la tierra, el pintor Sousa Cardoso: fue amigo de Modigliani y de los Delaunay.
























Corre por el corazón de la ciudad realzando el pintoresco conjunto urbano que se levanta a sus orillas. A lo lejos, se avista la silueta imponente de la Sierra de Marão.







A medio del puente de granito, obra maestra de la ingeniería civil barroca, en donde una serie de balconcillos circulares le invitan a sentarse a contemplar la ciudad y el río que pasa, una pequeña placa toda oxidada, indica río Támega: es un afluente del Duero.










Las isletas de arena, en el medio del río, y las barcas, le llaman gaviotas, y las piraguas, dan una imagen romántica al entorno. 


Sentados en aquellas terrazas a orillas del río, a la sombra de los verdes sauces y alisos, tiene que ser algo muy placentero y más degustando los famosos dulces de Amarante: los 'papos de anjo', las 'brisas' del Támega, o las pastas de S. Gonçalo.


 Pero teníamos que seguir nuestra ruta.
Han quedado las fotografías como recuerdo, para nuestro deleite.

 Todo lo que rodea Amarante es naturaleza, que pudimos comqrobar al subir el Marão.